viernes, 25 de abril de 2014

Esperas







Esperar que se abra una puerta. La tuya, por ejemplo.



2 comentarios:

Luis González dijo...

Resulta curiosa la situación. En el flujo del camino, de repente, paramos a la espera de que alguien nos abra la puerta. Los estados de ánimo comienzan a saltar unos por encima de otros: alegría por la inminencia del rostro querido, inquietud por la tardanza, frustración si pasa el tiempo y no aparecen indicios de habitante... Pero bien distinta es la cosa si la puerta es "la tuya" y, no sé si el caso, uno dispone de su propia llave mágica y en el interior el abracadabra nos muestra el orden de lo doméstico, los pequeños templos del hogar. ¿O estamos en otra situación? ¿Y si los pies, tan formalitos ellos en la imagen,casi en posición de firmes, estuvieran esperando a otro y la casa que la puerta abre aún no es propia aunque deseamos con todas nuestras fuerzas que lo sea, como la amante que llega a la casa del amado y ruega refugio, sin saber si será aceptada, si al otro lado hay perros, gatos, esposa, hijos? No, no hay tanta tensión en la imagen. Hay casi simulación de ingenuidad de niña que espera con nervios atemperados por su valor su entrada en una escenografía.

Un saludo y que la puerta sea.

Inuk dijo...

Gracias Luis, por abrir la mano, la puerta, y hasta la mañana de sábado, de una forma tan generosa y tan bonita y tan cierta.

Las esperas no son fáciles, entre otras cosas porque esperar es tener una expectativa, y expectativa es esperanza; posibilidad razonable de que algo suceda.
Uno se asusta, aunque sea de esperar siempre lo mismo: La puerta se abre, la persona que buscas está, te recibe. Pero uno se asusta igual y si un día la piedra cae, y la puerta no se abre, no por elección sino por ausencia. Y si uno llama y nadie responde, siempre es inquietante ese momento de espera, el pensamiento funciona a una velocidad de vértigo. Comienzas a escuchar los sonidos accidentales, alguien en la escalera, el ascensor que sube, la espera, porque uno espera a alguien.
Y la historia que justifica esa espera, que has construido en milésimas de segundo se desvanece porque el ascensor pasa de tu planta: No era él o ella. Y uno espera. Sigue esperando. Y si por fin la puerta se abre y quien sale dice: No, ya no trabaja aquí, ya no vive aquí; ya no vives aquí.
Esperar no es fácil, no, no siempre.

Un abrazo Luis, y gracias por darle luz al día gris a este lado.